Poner palabra a la vida no es fácil. Lo hacemos con la convicción de que es ella, LA PALABRA, quien nos convoca, nos entrelaza, nos interpela, nos motiva, nos fecunda y nos prolonga en el tiempo:

“En el principio existía la Palabra
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Ella estaba en el principio junto a Dios.
Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada.
Lo que se hizo en ella era la vida y la vida era la luz de los hombres,
y la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron…”

Por opción y pasión pronunciamos palabras que nos definen y jalonan:

MUJER, SEGUIMIENTO, COMUNIDAD, PROYECTO, MEMORIA, JÓVENES, MARIA, EXPANSIÓN, FUTURO, EDUCACIÓN, TESTIGOSY Resonó una palabra MUJER

y con ella la fundadora, el origen, la semilla Juana de Lestonnac se abrió a la vida en medio de la explosión del humanismo y de las luchas de religión, dos circunstancias determinantes en la construcción del proyecto que orientaría su existencia.

En una noche de oración en el Cister, en la que se reveló lo más humano de su sentir y lo más divino de su querer, Juana de Lestonnac vivió su experiencia fundante, el encuentro de su vocación más auténtica. Dios gestó a través de ella y para la Iglesia un Instituto dedicado a servir a la mujer a través de la educación, “comprendió que era ella quién debía tenderles la mano”. En esa noche descubrió su vocación: “La mujer debía salvar a la mujer”.

Juana vivió y se desvivió por hacer realidad este proyecto. Empeño toda su existencia en ofrecer a la juventud femenina, formación, posibilidades, espacios, criterios que le permitieran vivir con más dignidad y mayor reconocimiento: la mujer carecía de palabra, poder y decisión. Juana comprendía claramente la incidencia que una mujer bien formada tenía en la familia y por tanto en la sociedad.

Desde entonces el acompañamiento preferencial a la mujer ha marcado los sueños, búsquedas, iniciativas y decisiones de la Compañía de María.

Y resonó una palabra: SEGUIMIENTO, Jesús como Principio y Fundamento, como Centro y Sentido de nuestra existencia.

Seguir a Jesús, asumir la vida con El, por El y en El. Incorporar sus criterios, su proyecto, su Buena Noticia.

Nuestra opción fundamental es clara: “consagrarnos con todas las fuerzas al anuncio del Reino”. Tener, en lo cotidiano, una experiencia personal de Jesucristo que centre nuestra vida y nos impulse al servicio, a tender la mano allí donde sea necesario.

Contemplación y acción, dos vertientes de una misma y única opción: JESUCRISTO, la pasión por su persona y su proyecto.

“La Compañía nació de la oración y no se sostendrá sin ella”, ese fue el legado más preciado que nos dejó Juana de Lestonnac. Oración personal, ese cara a cara, en el que resuena la “Palabra”, “arde el corazón”, se unifica la vida, se renueva la opción.

Creemos en la validez de orar en comunidad, como hermanas, unidas en una misma espiritualidad –la ignaciana-, en un único deseo “conocimiento interno de Jesús, para más amarlo y seguirlo”.

Orar como Iglesia, es también para nosotras una prioridad. Unirnos a todos los hombres y mujeres que en el mundo buscan a Dios “con sincero corazón”. Celebrar junto a ellos, y en torno a la mesa común, el banquete que nos hace familia y en el cual el Pan, partido y repartido, alcanza para todos.

La oración en la Compañía de María surge en la vida, se alimenta de ella. Es el encuentro con la vida lo que nos retorna al Señor y este Señor el que nos posibilita abrazar la realidad con sus múltiples tonalidades. Él nos habla a través de los hermanos y de los acontecimientos.

Hoy seguimos creyendo, como lo hizo Juana de Lestonnac, hace más de cuatrocientos años, que la vida, es el escenario “sagrado” preferido por Dios, que ella está repleta de bendiciones, que cada recodo de la existencia es esa tierra sagrada desde la cual Dios habla, llama, interpela, seduce.

Y resonó una palabra: MARÍA, síntesis de nuestra identidad, Nuestra Señora, compañera, referente, protectora.

Juana de Lestonnac se atreve a identificarse con María de Nazaret. Quiere que sea la compañera y el modelo de referencia de la Orden. Encontró en María la síntesis de lo que deseaba vivir:

La discípula que escucha con fidelidad y apertura el querer de Dios.

La que se deja habitar por el Dios que hace maravillas en los humildes y suscita un cántico nuevo.

La que guarda en su corazón cada acontecimiento y permanece en silencio en esos tramos de la vida que se tornan sorprendentes y misteriosos.

La que sigue a Jesús en lo cotidiano, sin más protagonismo que el servicio constante y oportuno.

La que en pie y plena de misericordia, está junto a la cruz y a los crucificados de la historia.

La que es, en la Iglesia, presencia femenina que fortalece, anima, sugiere, revitaliza y acompaña.

En su Compañía queremos ser esas mujeres nuevas que el mundo y la Iglesia necesitan. Nuestra Señora, ha sido y seguirá siendo fuente de vida e inspiración:

En María contemplamos cómo guardar la Palabra y con ella recorremos caminos de encarnación en nuestro hoy. Ella es la síntesis de nuestra identidad, la plenitud de nuestro proyecto. Como Ella y en su Compañía queremos “llenar nuestro nombre: HIJAS DE NUESTRA SEÑORA”

Y resonó una palabra: COMUNIDAD, espacio fraterno, pasión compartida, canto común.

Formar Comunidad fue la primera tarea en la que se empeñó Juana de Lestonnac. Detrás de cada nombre, un tiempo, un contexto, una lengua, una familia, muchos gozos y también sufrimiento. Un llamado que, por la gracia de Dios, nos hizo hermanas, compañeras, amigas.

Llamadas a ser Comunidad, a generar, en un mundo con tendencias individualistas y al mismo tiempo cada vez más interrelacionado y plural, la revolución de la fraternidad, de la mesa común, del pan compartido, del lenguaje universal del amor, del único proyecto, vivido desde dimensiones diferentes, en diálogo intercultural.

Cada una, llamada a realizar su existencia como un milagro único e irremplazable, a realizar su vocación más auténtica; y todas, convocadas a integrar esa melodía, en la que la diferencia no disuena, sino que complementa y enriquece.

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