“Ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo”. Romanos 8,35.38-39
El amor de Dios es eterno e infinito: nada puede separarnos de él. Sin embargo, hay días en que sentimos que todas las pruebas nos golpean a la vez y quisiéramos gritarle a Dios: ¿qué está pasando? San Pablo nos señala tres certezas: el sufrimiento nunca es abandono, la cruz nos hace conscientes de que el dolor tiene sentido redentor en el corazón de Dios; no vencemos por ser invulnerables, sino por la gracia de Cristo que nos levanta; y ni la muerte, ni el miedo, ni las dificultades presentes podrán apagar jamás ese amor que nos sostiene.