Mc. 12, 18-27 “Dios no es un Dios de muertos sino de vivos”.
Con esta frase termina Jesús otro de esos intentos de diálogo con sus enemigos. Jesús sabe bien que el problema que le plantean sobre la mujer que tuvo varios maridos, es más una trampa y una manera de ridiculizar la fe en la resurrección. Jesús, como siempre, los sitúa en otro plano y los lleva pensar en sus antepasados Abraham, Isaac, Jacob a quienes ellos consideran sus padres en la fe, siguen vivos en su memoria y los animan a permanecer fieles a su Dios, el Dios de la Promesa. La Resurrección de Jesús y su descenso a los infiernos, como lo confesamos en el Credo, será prueba máxima de que Dios es un Dios de vivos y lleva a todos los que desde antiguo creyeron en Él, a gozar de vida eterna, una vida en Dios que no es como esta vida efímera que vivimos hoy.