“¿Cuál de los dos hizo lo que su padre quería?” Mateo 21, 28-32
El compromiso de quienes hemos sido bautizados-as se demuestra más en las obras que en las palabras. Ser motivo de esperanza pasa por la manera de vivir lo cotidiano; en la justicia de nuestros actos, en la forma en que comprendemos, acogemos y nos relacionamos con los demás. Jesús, al final de la parábola, sorprende al afirmar que los publicanos y las prostitutas entrarán primero en el Reino de los Cielos. Y es que ellos-as, conscientes de su fragilidad, no se sienten merecedores de la salvación, pero sí capaces de acogerla con humildad. No se trata de decir “sí” con los labios, sino de hacerlo vida en el obrar cotidiano. Preguntémonos: ¿De qué manera hemos sido motivo de esperanza y alegría para otros-as con nuestro proceder? ¿Cómo la espiritualidad impulsa y sostiene esta misión en el mundo?