Jesús, en el encuentro con los judíos que le reprochan por violar la ley curando a un paralítico, declara abiertamente: “Mi Padre sigue trabajando y yo también trabajo”; una declaración profundamente reveladora de la relación de Jesús con Dios; ese Dios que es Padre, un Dios Padre que lo ha enviado a salvar y rescatar al hombre, de la parálisis a la que se va reduciendo cuando sólo prevalece la letra de la ley. Llamar a Dios Padre y sentirse uno con Él, trabajando por rescatar al hombre en su dignidad, es también la actitud fundamental de quienes nos llamamos hijos de Dios y hermanos. Es también lo que Jesús sigue expresando en los versículos que siguen; la misma que nos enseñó cuando nos invitó a orar como Él y con Él diciendo: “Padre nuestro…” Para los Judíos esa actitud de Jesús era escandalosa, pero para Él, como para nosotros, es la razón de ser de nuestra vida.