“Jesús… le dijo…, sígueme” (Mc. 10,21).
Muchas veces nos hemos encontrado con esa mirada de amor que nos invita al seguimiento. Un amor que comienza con una forma de mirar, de ser mirados. Una mirada que al mismo tiempo que lo da todo, lo pide todo: vende lo que tienes, suelta lo que te amarra, lo que te impide ser feliz, eso que cuidas en tu ego, en tu bolso, en tu manera de ser, en tu proyecto de vida, a lo que no estás dispuesto a renunciar, aunque ello te arrastrara a perder un llamado de amor que es para ti. Porque, ciertamente, son los apegos los que nos impiden acoger lo Infinito, el Amor incondicional que nos arrastra tras Jesús. ¿Hemos experimentado alguna vez ser realmente libres? Si es así, ¿qué felicidad nos produce? Podemos estar seguros/as de que esa es la felicidad que nos promete Jesús, en la que podemos responder al Amor incondicional de Dios.