Permanecer en Jesús provoca una alegría profunda que es la fuente del anuncio, de la misión, de la fecundidad en la parcela del Reino que se nos ha confiado. ¿Se nota en nuestro rostro esa alegría? La alegría pascual no ignora la cruz, sino que la ha atravesado y nuestro mundo la necesita. Juana de Lestonnac oraba con el salmo 124: “el lazo se rompió, y escapamos” …, el cual resume una experiencia de vida varias veces repetida en momentos cruciales, con un sabor pascual profundo. Si “Dios es la canción del corazón”, ¿cuál es nuestra canción interior? ¿Es efecto de nuestra alegría? Dejemos que las palabras de este salmo resuenen en nuestro corazón. En Jesús, su alegría desbordante, era el “Abbá”, la comunión del Padre con Él y con los pequeños, los humildes de todos los tiempos.