“Todo está cumplido. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.” (Jn 18, 1-19.42)
Hoy las palabras sobran; nos quedamos en silencio mirando a Jesús en la cruz. Su entrega libre es el abrazo definitivo que nos reconcilia con Dios. En esa cruz, Jesús carga nuestros dolores, nuestras ansiedades y divisiones, transformando el sufrimiento en una fuente de paz que nadie nos puede quitar. Hoy, al mirar a nuestro alrededor, ¿nos cuesta reconocer el rostro de Jesús en el vecino que sufre, en el excluido, en el que está solo? Sintiendo que su vida entregada nos salva, pidámosle un corazón compasivo: ¿cómo puedo acompañar hoy el dolor ajeno con la misma fidelidad y ternura con la que María se quedó al pie de la cruz?