“Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura”. Jn 12, 1-11.
En Betania, a las puertas de la Pascua, Jesús es acogido en una casa amiga. Allí, María unge sus pies con un perfume costoso. El gesto es gratuito, desbordado, nacido del amor agradecido. María no calcula: ama, y al amar reconoce la presencia de Dios que da vida.
Frente a este gesto aparece Judas, con una lógica distinta: la del cálculo, la utilidad, la apariencia de preocupación por los pobres. Jesús desenmascara esa mirada y defiende a María: hay momentos en los que el amor no se mide, porque anticipa el don total que él mismo hará en la cruz. Nosotros-a, desde dónde actuamos. ¿Desde la gratuidad del amor o desde el interés y la conveniencia? María nos enseña que la verdadera fe se expresa en gestos concretos, capaces de “perfumar” la vida de los demás.