“Aunque no me crean a mí, crean por las obras buenas”. Jn 10, 31-42.
Jesús vuelve a estar frente a la incomprensión y al rechazo. Quieren apedrearlo, no por una obra mala, sino porque, siendo hombre, se hace igual a Dios. Aquí se revela el corazón del conflicto: no logran aceptar que Dios se acerque tanto, que se haga visible, concreto, cercano. Jesús no responde con violencia ni se defiende desde el poder, sino que apela a las obras: “Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; pero si las hago, crean por las obras”. Su identidad se reconoce en lo que hace: sanar, liberar, dar vida, mostrar el rostro misericordioso del Padre. A veces preferimos un Dios lejano, controlable, que no cuestione nuestras seguridades. Jesús, en cambio, nos muestra un Dios que se compromete, que actúa, que invita a creer desde la experiencia del amor vivido. ¿Nuestras palabras y nuestras obras permiten que otros-as descubran en nosotros-as la presencia de Dios?