“Nos portamos como una madre que acaricia a sus creaturas”. 1Tes.2,1-8
Hoy se nos invita a gustar en la oración, la manera como Pablo recuerda su actividad misionera entre los tesalonicenses. Habla de su vocación de apóstol, confirmada por sus sufrimientos en Filipos (Hech.16,16-40). Describe su esfuerzo y desinterés en la predicación y la buena acogida que ellos le ofrecieron. Repite expresiones como: “saben”, “conocen”, “son testigos” en una especie de amable complicidad: “aunque ya lo saben, yo les digo”. Y sobre todo señala que su actitud ha sido de entrega, como una madre cariñosa, dispuesta a dar la vida, de tanto que los quiere. Seguramente nosotros hemos tenido la gracia de vivir experiencias parecidas en nuestra vida apostólica. Hoy podemos traerlas a nuestra oración y como Pablo, agradecerlas y orar por esos hermanos y hermanas, a los que nos unen lazos que siguen alimentando nuestra fe. Y también podemos mirar nuestra vida en misión de hoy, para ver qué aprendemos de Pablo y de esas primeras comunidades cristianas, que han puesto los fundamentos de la vida misionera de la Iglesia.